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CRÍTICADestacadasOPINIÓN / RESEÑA
Home›TEMAS›CRÍTICA›Eminescu en la Argentina

Eminescu en la Argentina

Escrito por Guillermo Pilía
19 agosto, 2026
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El presente artículo es una síntesis del discurso que pronuncié, parte en rumano y parte en español, el 18 de agosto en la Universidad Cristiana Dimitrie Cantemir de Bucarest, al recibir el título de Doctor Honoris Causa de esa casa de altos estudios.

Tanto la Argentina como Rumanía fueron en la primera mitad del siglo XIX regiones distantes y con características propias respecto a los grandes centros de la cultura occidental. Mientras en Alemania, Francia e Inglaterra encontramos gérmenes románticos desde las últimas décadas del siglo XVIII, en la Argentina y Rumanía fue un movimiento que se consolidó casi a mitad del siglo XIX. Las primeras lecturas de los románticos europeos llegaron a mi país en la década de 1830, desde Francia y de la mano de nuestro poeta Esteban Echeverría. Y tuvo su auge a partir del Salón Literario de 1837. Otra característica en común entre la literatura rumana y la argentina es que el romanticismo se prolongó a lo largo de casi todo el siglo XIX, cuando ya en otros países habían surgido diferentes corrientes literarias, algunas herederas del romanticismo y otras en franca oposición a sus ideales.

Dice George Uscatescu que en pleno auge del romanticismo, la lengua rumana vierte sus posibilidades expresivas en un auténtico poeta clásico, pero absolutamente moderno, puesto que abre la expresión y experiencia poética hacia generaciones futuras, preparando la conciencia estética para un momento plenario, como lo fue la poesía de entre guerras. Este poeta es Mihai Eminescu, al que Nicolae Manolescu describe como un poeta que empuja el romanticismo hasta el modernismo, sin separarse del primero por completo, ni pertenecer en su totalidad al segundo. Por su parte, Ion Negoitescu lo considera un romántico tardío bien templado en lo clásico.

Ahora desearía centrarme en la difusión de la poesía de Eminescu en el mundo hispánico. Las traducciones de Eminescu a las principales lenguas europeas se dan prácticamente en el período que va de la primera a la segunda Guerra Mundial. Así, la traducción inglesa de 1930, de Pankhurst y Stefanovic, prologada por Bernard Shaw y seguida por otras numerosas versiones que no son más que aproximaciones a la obra de este poeta capital. En francés y en italiano, Eminescu ya podía leerse desde la década de 1920. Pero en el mundo hispano era prácticamente desconocido. Miguel de Unamuno se lamentaba en una carta de 1935 al romanista Iorgu Iordan, que España no conociera todavía a Eminescu. Y que deseaba aprender el idioma rumano para leer a Eminescu en original —tal como descubrió la doctora Carmen Bulzan, en la carta encontrada en la Casa-Museo Unamuno en Salamanca y que reproduce íntegramente en su libro Unamuno y Rumanía—.

Si bien, es cierto que unos años después comenzaron a aparecer poemas sueltos de Eminescu en algunas revistas literarias españolas, el primer volumen editado en mi lengua fue la traducción de Rafael Alberti y María Teresa León que dio a conocer la editorial Losada en 1958. Es este libro de León y Alberti el que dio notoriedad al poeta rumano entre los lectores de lengua española. La tarea le fue encomendada al poeta gaditano, que se encontraba exiliado en la Argentina, debido a su interés por este país y porque él mismo había sido traducido al rumano ya desde 1936. Al igual que Neruda, Rafael Alberti conocía Rumanía a través de festivales poéticos a los que había asistido. Pero, ni él, ni su esposa María Teresa León, conocían profundamente la lengua rumana. La versión de 1958 fue posible gracias a un programa de traducciones de literatura rumana vía francés. Posteriormente, en un viaje a Rumanía en 1962, la poeta Veronica Porumbacu ayudó a ambos a desentrañar los significados más profundos del original y esta nueva lectura se materializó en otro volumen publicado por Seix Barral en Barcelona en 1973.

La edición de 1958 va precedida de un extenso prólogo que funciona a la vez como introducción a la historia y a la cultura de Rumanía para lectores que prácticamente desconocían casi todo de este país. Rafael Alberti y María Teresa León no presumen de sus competencias lingüísticas, dejan claro que trabajaron sobre una versión francesa, confrontándola con el original rumano, y con la ayuda de varios amigos rumanos que vivían en la Argentina. Confiesan que se trata de una pálida aproximación a la poesía de Eminescu, pero se justifican en el hecho de que siempre sería mejor equivocarse humildemente que dejar a los posibles lectores de lengua española sin conocer la poesía de Eminescu.

Rafael Alberti y María Teresa León.

La hispanista Dana Diaconu observa que la versión de León y Alberti “peca de fidelidad extrema en detrimento de la musicalidad”. Si bien se consiguen soluciones muy logradas, estas parecen más cercanas a la sensibilidad poética de Alberti —dado que María Teresa León era narradora— que al genio de Eminescu, cuya “idea poética se empobrece” y cuya “complejidad connotativa queda anulada mediante la pérdida de la armonía sonora”. Se sabe que los traductores de poesía siempre nos movemos entre las opciones de “sonido o sentido”. Rafael Alberti y María Teresa León optan por priorizar el contenido semántico aunque se pierdan las sutilezas musicales de los versos. Es una decisión meditada y así lo expresan en el prefacio. Aunque no mantienen la rima original, ni lo podrían haber hecho, sus versos reconstruyen cierta cadencia. Y si bien la medida del verso y el ritmo de Eminescu pocas veces se logran, se ve un esfuerzo, por ejemplo, en guardar la simetría y alternancia entre versos largos y breves.

Refiriéndose a las dificultades que encuentran los hispanos a la hora de traducir a los escritores rumanos, y sobre todo a los poetas, Pablo Neruda escribió: “El idioma rumano, pariente sanguíneo del nuestro, contiene una abundancia de la que no disfrutamos: sus esquinas eslavas. En estas esquinas perdemos el paso, miramos hacia arriba, hacia abajo, y por fin nos agarramos del francés para no quedarnos a oscuras. Pero la lengua rumana, lejos de ser un castellano oblicuo, saca su eléctrico lirismo de los aluviones idiomáticos que desembocaron en Rumanía. Firme y esplendoroso es el lenguaje rumano, y poético por excelencia”. Estas dificultades, a las que también aluden Rafael Alberti y María teresa León, se salvan cuando el traductor domina ambas lenguas, está inmerso en ambas culturas y es por añadidura poeta, como sería el caso de la doctora Carmen Bulzan, que ha publicado excelentes traducciones de Eminescu.

Pero, volvamos a la edición de 1958 de Eminescu. El poeta rumano tuvo una entrada tardía a los lectores hispanos. Mientras su poesía se presentaba por primera vez en forma de libro en la Argentina y en todo el mundo hispano, la poesía en mi lengua andaba por otros rumbos, muy alejados del romanticismo. En España, era el tiempo de la Promoción del 50. En la Argentina, más allá de la diversidad de voces que siempre se alzaron en un país tan extenso como el mío, había aparecido el grupo Poesía Buenos Aires, un movimiento de vanguardia liderado por Raúl Gustavo Aguirre y Edgar Bayley, que difundía el invencionismo y conectaba con corrientes internacionales, especialmente estadounidenses y el surrealismo. A pesar de ello, la buena poesía no tiene tiempo ni banderas y Eminescu se habrá asentado en miles de lectores y en miles de bibliotecas.

La primera generación romántica de mi país, la de 1837, no tuvo oportunidad de leer a Eminescu. Primero, por una cuestión cronológica, ya que Eminescu fue posterior a todos ellos, y aunque no lo hubiera sido, siempre hubiesen estado las barreras idiomáticas. Pero hubo una segunda generación romántica en la Argentina, alrededor de 1880 —así como en España existió el romanticismo tardío de Gustavo Adolfo Bécquer— con autores que escribían en los mismos años en que lo hacía Eminescu. Fueron Olegario Víctor Andrade, Ricardo Gutiérrez, Rafael Obligado y Carlos Guido Spano. No obstante, creo que si hay que equiparar a un solo poeta argentino con Eminescu yo elegiría a Esteban Echeverría. Hay coincidencias notables entre sus vidas y sus obras. Ambos pasaron tiempo en el extranjero, donde realizaron estudios —Eminescu con más aplicación que Echeverría, según las investigaciones realizadas por el profesor Constantin Barbu—. Se preocuparon por reflejar en sus poemas la tierra en la que habían nacido, tuvieron una inclinación muy propia del romanticismo a la poesía épica, entremezclada con composiciones eminentemente líricas, y utilizaron la literatura, cuando fue necesario, como herramienta política y de ideas.

Para alguien que, como yo, no ha recibido más que generosidad de mis colegas y de las instituciones de Rumanía, es un enorme orgullo poder proclamar que el mayor poeta rumano, Mihai Eminescu, fue publicado por primera vez en mi país y para todos los lectores hispanohablantes.

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Guillermo Pilía
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Graduado en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Poeta, narrador y ensayista con más de cuarenta años de trayectoria y treinta libros publicados. Recibió importantes premios nacionales y en el exterior y fue traducido a las principales lenguas. Es presidente de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid, correspondiente de la Academia de Buenas Letras de Granada y ciudadano ilustre de La Plata. En la SADE, ocupa la Secretaría General de la Comisión Directiva nacional, es presidente de la filial La Plata y miembro de la SADE Atlántica Mar del Plata.

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