La conjura de los necios. La lucha por el capital simbólico en el campo literario

Elegí para este artículo el título de la novela póstuma de John Kennedy Toole (A confederacy of dunces, en inglés) aunque las coincidencias entre novela y artículo sean sólo tangenciales. En realidad, deseo hablar de un fenómeno conocido como “el síndrome de Procusto”, pero, tuve temor de que ese título espantara a los eventuales lectores. De cualquier forma, lo que intentaré es escribir sobre un fenómeno que ha existido desde la antigüedad en la vida literaria: una suerte de “conjura” de los mediocres para que determinados escritores que sobresalen sobre la media no se vuelvan demasiado notorios, o dicho en términos del sociólogo francés Pierre Bourdieu, para que no acaparen demasiado “capital simbólico”.
Cuando me inicié en la vida literaria, y de eso hace ya muchísimo tiempo, creía que era un escritor genial y que mi destino era el Premio Nobel. Esas ideas se esfuman rápidamente cuando uno profundiza en la lectura y cuando comienza a conocer a otras personas con más talento. Lo natural es que tratemos de aprender de esos talentos, a veces imitándolos y hasta copiándolos. Pero no todos van por este camino. Hay escritores que cuando descubren a un colega brillante experimentan miedo a ser superados, lo sienten como una amenaza, se ven invadidos por la envidia. Que un escritor de una o dos generaciones anteriores y que se ha formado en alguna gran ciudad cultural sea un genio, no suele provocar estos sentimientos negativos. Pero ¿qué sucede si es de nuestra misma edad o más joven, y si por añadidura nos toca convivir en la misma ciudad, peor aún en el mismo barrio?
Del miedo a ser superado nadie está libre, pero algo grave sucede cuando se pasa de la admiración a la envidia y cuando los esfuerzos se hacen no para igualar al que es mejor, sino para rebajarlo. Esta actitud es lo que se conoce como el “Síndrome de Procusto”. Como muchos fenómenos estudiados por la psicología, éste toma su nombre de un personaje mitológico, menos conocido que Edipo, Electra o Narciso, desde luego. Me topé con él en mis lecturas infantiles, pero como eso fue hace demasiado tiempo, refresco la memoria con el Diccionario de mitología griega y romana de Pierre Grimal, al que siempre procuro tener a mano. Procusto o Procustes era un bandido, también llamado Damastes y Polipemón, que vivía en el camino de Mégara a Atenas. Tenía dos lechos —otras versiones dicen que era uno solo— en los que obligaba a acostarse a sus huéspedes: a los altos en la cama corta y a los bajos en la larga. De manera que a los primeros los hacía entrar aserrándoles las piernas y a los segundos descoyuntándolos. De este relato ha quedado la expresión “acostarse en el lecho de Procusto” y también la tendencia de los mediocres a “cortarle las piernas”, simbólicamente hablando, al que se lo ve sobresalir.
Para entender este comportamiento, por qué algunos quieren comportarse como Procusto, la psicología tiene sus explicaciones. Pero dado que mi objetivo es llamar la atención sobre su presencia en la vida literaria, voy a recurrir una vez más a Bourdieu, a quien cité al comienzo. Para el sociólogo francés, el conjunto de la sociedad se divide en “campos”; cada campo se especializa en el desempeño de una determinada actividad, por ejemplo la literaria. Estos campos tienen una cierta autonomía, son jerárquicos y sus componentes viven en lucha para ocupar las posiciones dominantes. En los campos existe un capital común —conocimientos, habilidades, poder, prestigio— y el objetivo de cada miembro es acumular capital. Si hablamos de un “campo literario”, sabemos que ese capital no será fundamentalmente económico, aunque tampoco estará ausente, sino más bien simbólico.
La lucha por el capital no tiene que ser necesariamente cruenta. Cada escritor puede hacer el suyo sin molestarse demasiado por el vecino y habrá algunos que querrán tener más de la cuenta y disputar el poder. Esto sucede en el campo literario, el político y el económico por igual. El capital simbólico de un escritor —y del campo artístico en general— es el prestigio. El prestigio se logra a través de publicaciones, premios, traducciones, presencia en los medios, acontecimientos sociales —jurados, festivales, mesas de lectura, recepciones—, cargos en instituciones literarias —a veces también otras— y el reconocimiento de los pares. Como puede verse, para amasar este capital no basta con escribir bien, se necesita de una red de relaciones e interacciones con los demás miembros del campo. Y es probable que en esos intercambios nuestro hipotético escritor se encuentre con algunos otros aquejados por el “síndrome de Procusto”.
Si yo —Dios no lo permita— adoleciera de este mal, procuraría que nadie tuviera un capital mayor que el mío. Esto, en la práctica, se traduce en una serie de acciones a menudo miserables, de las que no resulta agradable hablar, pero que todos las vemos y padecemos —también, es necesario decirlo, alguna vez habremos caído en alguna de ellas—. Lo primero es negar al que sobresale: no hablar de él, no citarlo en los artículos, no incluirlo en las antologías, no invitarlo a leer, no darle ni siquiera un “like” en las redes sociales. Si publica un libro, no leerlo, y en caso de leerlo no comentarlo. El mismo silencio se puede aplicar a los premios literarios, incluso deslizando la sospecha de que hay concursos “arreglados”. Mover, en fin, cuantas influencias se pueda para que ese escritor que pretende ser más que nosotros los mediocres no salga nunca en un diario, ni se lo invite a una fiesta o un festival donde pueda llamar la atención. Estas cosas se hacen, desgraciadamente se hacen, y vistas así parecen de una perversidad más refinada que los procedimientos del tosco Procusto, que en última instancia se limitaba a aserrar y descoyuntar.
Vivimos en un mundo desalmado. Las prácticas del “capitalismo salvaje” no se ven solamente en lo económico, que es su lado más ostentoso, sino también en estas otras formas sutiles en las que está en juego un “capital simbólico”. Sin embargo, esto ha sucedido en todas las épocas. Shakespeare no fue para sus contemporáneos más que un cómico exitoso. A Ben Jonson le dijeron una vez que los manuscritos de Shakespeare no tenían correcciones ni había eliminado una sola línea. Jonson respondió: “Ojalá hubiese tachado un millar”. Samuel Pepys dijo que Romeo y Julieta era la peor de todas las obras que había visto. Thomar Rhymer escribió respecto a Otelo que “en el relincho de un caballo, en el gruñido de un perro hay más sentido, y yo diría que más sentimiento humano que en la ridícula tragedia de Shakespeare”. Gottsched dijo que “Hamlet es una obra tan bárbara que ni siquiera el público francés o italiano menos educado podría soportarla”. Ludwig Börne afirmó que Goethe era una imitación de Torcuato Tasso y Franz von Spaum escribió: “Ni siquiera un hombre delirante, agobiado por la fiebre, farfulla tantas estupideces como el Fausto de Goethe”. Me circunscribo a estos pocos ejemplos de “procustismo” contra dos figuras inobjetables como Shakespeare y Goethe. A quien quiera ver más casos le recomiendo la lectura del libro de Paul Tabori Historia de la estupidez humana, cuyo título me exime de mayores comentarios.
Quizás, algunos piensen que el “síndrome de Procusto” infecta solamente a los espíritus mediocres. Desde ya que nadie se acuerda hoy de Pepys, Rhimer y Gottsched y sí de Shakespeare, que el mundo vive en feliz ignorancia de Börne y de Spaum pero se sigue leyendo a Goethe. Sin embargo, no hay que pasar por alto el caso de Ben Jonson. Una forma lateral de este comportamiento se da cuando el que está arriba, el ya consagrado, no permite que otros se acerquen a su pedestal. En una ocasión me presenté a un concurso en el que obtuve el segundo premio. Después, uno de los jurados me confesó que merecía el primero, pero que habían decidido dárselo a otro para que yo “no me agrandara demasiado”.
La conjura de los necios, la sierra de los mediocres para que todos entremos en la misma cama, son una realidad, fuera de cualquier teoría conspirativa. No obstante, no sé cuánta mella pueden hacerle a un escritor verdaderamente talentoso. Cuando uno ve que la página literaria de un diario sirve para envolver media docena de huevos, cuando los libros con dedicatorias a algún maestro admirado aparecen en una mesa de saldos de la avenida Corrientes, cuando un poema publicado en las redes sociales no pasa de 20 “likes”, uno debería pensar seriamente en dedicarse a otra cosa. Y sin embargo no es así: se sigue escribiendo, se sigue publicando, sin que importe mucho cuántas monedas de “capital simbólico” reporta lo que hacemos. Tal vez porque en el fondo creemos que “el futuro será nuestro por la prepotencia del trabajo”, como decía Roberto Arlt, que “nos ganaremos el porvenir con sudor de tinta y rechinar de dientes”. O porque intuimos que el mundo de afuera no es ni por asomo mejor que esto que vemos aquí dentro, en el “campo literario”.