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DestacadasOPINIÓN / RESEÑA
Home›Destacadas›AZUCENA SALPETER: LA CREATIVIDAD EN COMBUSTIÓN

AZUCENA SALPETER: LA CREATIVIDAD EN COMBUSTIÓN

Escrito por Adrián Ferrero
18 noviembre, 2022
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Azucena Salpeter, nacida en Formosa, pero radicada en La Plata, es poeta, narradora y pintora. Su producción poética comprende tres poemarios: El pescador de sombras (1979); Y el cielo sonrió (1989) y, el más reciente, Gringa formoseña (2021). En 2000 publica la novela La mitad del cielo. Entre sus premios, se pueden nombrar Faja de Honor de la SEP, Faja de Honor de la SADE, Primer Premio de la Provincia de Formosa, Segundo Premio Concurso “Roberto Themis Speroni” SELP y el “Segundo Premio Mercosur de Novela”.

Pocas veces había advertido una poesía que empapara de tal modo al lector/escritor como la de Azucena Salpeter. De modo que, puesto a descifrar su atributo influyente, reflexioné en torno de algunas claves en torno de su poética, que procuraré desentrañar o, al menos, tomar nota. Es suficiente, si uno se consagra a escribir poesía, que la lea para que sus poemas conquisten a punto tal, no exactamente de cometer plagio o bien la copiarla, imitando sus poemas (algo muy distinto que sería triste, grave y pleno de frustración) sino más bien uno queda impactado por su talante creativo, por su imaginación contagiosa, de portento, su capacidad inventiva, la de imaginar, en Azucena Salpeter es descomunal. No resulta frecuente que uno se vaya a encontrar con una poeta que además de servirse de toda una gama de recursos expresivos, introduzca de modo potente, rasgos que se suelen predicar a la narrativa para adultos y niños, como el nonsense, el disparate, el desparpajo o la pasión lúdica.
En efecto, la imaginación se dispara, se pone en acción, destrozando el referente o la escritura referencial. Pero, tampoco, el universo de Salpeter está exento de fenómenos o momentos políticos. La política no debe ser confundida con las reglas del juego de la propaganda o bien los grandes hitos desencadenantes de crisis o que convulsionaron al mundo (de reconstrucción de época quiero decir, de rescate). Una política de la lengua literaria se juega en el modo de, selectivamente, apropiarse de un modo subversivo, fuera de todo corset, hacer estallar las formas, la forma incluso tal como habitualmente entendemos a la noción de poesía y su ejercicio. Tampoco, hacer política de la lengua remite a las reglas de referirse a la democracia, su historia, su ausencia, su avasallamiento, los golpes de Estado, el modo en que es depuesta ilegítimamente. En todo caso, Salpeter se apodera de modos de nombrar o de expresarse del lenguaje de los políticos para burlar su burocracia.
Hay en la poesía de Salpeter, internamente, a puertas cerradas, toda una serie de debates que la comprometen, desde la ironía, la parodia, desde el modo en que hace enloquecer a la estructura del signo, su ruptura o desintegración. Porque, Salpeter hace “otra cosa”. Como si no hiciera poesía sino un tipo de discurso que logra que estalle. Salpeter pulveriza la relación entre significante, significado y referente. Cuando me refiero a esto, apunto a que se trata de una producción literaria que no designa al mundo siquiera con distancia, sino que crea otro mundo, paralelo o, mejor, alternativo, dentro del cual tienen cabida toda una serie de figuras y recursos que también se llevan por delante a la seriedad y la solemnidad.
Un humor irreverente, junto al disparate, caracterizan a su poesía. Los signos comienzan a connotar, a insubordinarse, esto es, cada signo no designa a un objeto o concepto, sino que a su vez, designa a otro signo, produciéndose así una producción de signos en abismo. A través de su polisemia, aquello que antes era inapresable para los significados sociales, ahora se vuelve posible ese proceder tan incalculable.

Salpeter refunda la lengua poética. No hay en ella estereotipos (sino que los convierte en su contrario o su antagonista), no hay clichés (puede imitarlos paródicamente), no hay una seriedad como actitud ante el mundo (el humor hace astillas emociones que no revitalicen la comunicación). De modo que el lector de Salpeter, una vez conocida su poética, no puede sino dejar caer las máscaras que lo cubrían como simple apariencia. El lector de Salpeter es cómplice. Acepta su desafío. Porque, la poesía de Salpeter es eso: desafiante. Hay un trabajo muy profundo en la poesía de Azucena Salpeter entre esencia y apariencia. O entre verdad y verosimilitud. Por lo general, con lo inverosímil. Hay una verdad poética que su arte deja entrever como a través de una delgada hendija. Lo cierto es que nos creemos esos poemas. Los creemos como si fueran un credo sencillamente porque nos conquistan, caemos rendidos a su encantamiento. Pero, esa seducción no es producto de poner en juego factores provenientes del erotismo como recurso hegemónico. Sino que enamora su arte, su saber hacer, su pericia, su producción que antes pasó por el tamiz de la ausencia de represiones. Sus poemas son elegantes sin perder un ápice de dignidad y humildad. Su encanto reside en el modo como burla los clichés, cómo combina lo popular y lo coloquial de la alta literatura o bien la elaboración escrita, reflexiva. Salpeter produce tal sensación de cercanía con el lector que no puede sino caer bajo su embrujo.
Hay lucidez en cada poema de Salpeter. No hay ninguno de sus poemas que no nos haga sucumbir a emociones nuevas producto de nombrar a las cosas de una manera innovadora, renovadora, inédita, distinta.
Lo insólito tiene un lugar importantísimo en la poética de Salpeter. Lo insólito diría que asombra, por un lado. Por el otro desconcierta. Sorprendentes en su hechura, sorprendentes en la reconstrucción en la lectura que nos toca, su poesía no responde a patrones fijos, salvo, quizás, al verso libre. Circunstancia perfectamente congruente con el espíritu de su poética.
Están las rimas azarosas o los juegos pronominales, los adjetivos díscolos. Juega con títulos y juega con citas. Hay un juego intertextual afanoso. Se insubordina el lenguaje en Azucena Salpeter. Se pone en pie de batalla. O, mejor, en pie de guerra. Salpeter también es también pintora, de modo que también maneja el arte de la disposición de la palabra en contrapunto con el blanco de la página o la pantalla. También en ese mirar un poema hay un dibujo sensible que cartografía las emociones más fuertes también desde el orden de lo visual. La disposición de las palabras en el poema no es azarosa. Y, tal vez, la pintura, también, le permite el uso de un lenguaje de una plasticidad infrecuente, del código visual al código verbal.

Salpeter se divierte con lo sensible. Pero, también, puede ser indómita. Puede ser dura contra los poderes o los poderosos. Puede ser hostil a ciertas ideologías encarnadas en palabras, la forma de la frase o las consignas que promueven.
Ella es alguien que pinta el fuego como los dioses con su pincel de estopa e incienso, del mismo modo Salpeter escribe sus pinturas. Salpeter se inscribe en una tradición de escritoras/pintoras entre las que nombro a Alejandra Pizarnik, a Dolores Etchecopar, entre otras. Se trata de figuras de la poesía argentina (precisamente a esta tradición me refiero) que se deja cautivar también por el universo sensible de la escritura manifiesta en estas dos dimensiones. Lo pictórico/lo discursivo. Es cierto que la pintura no transcurre en el tiempo.
Su mirada es la del shock emocionante. Sin embargo al poema se lo desanda, se lo recorre, se lo comprende muy libremente como en este caso excepcional, se lo descubre no linealmente ni de modo unívoco. No obstante, la poesía de Salpeter no busca ser “comprendida” sino salir de ese sentido común que malogra a la poesía a través de fórmulas.
Y, también, el poema de Salpeter irradia inteligencia porque luego de haberlo escrito, caemos en la cuenta del modo en que ahora es tan visible como comprensible en su hilaridad. Pero, también, sus conceptos revueltos, de toda la retórica de la poesía que hace que deje de serlo para devenir algo novedoso. El poema se sale de quicio. Rompe tanto las expectativas de los lectores, que asombran sus combinaciones salvajes. Los mosaicos que lo componen, antes friso, ahora son una máquina que juega a perder la cordura como algo fugaz. Un relámpago, por caso, una luz delgada peo de mucha intensidad.
También, las canciones ingresan en la poesía de Azucena Salpeter. Ingresan frases hechas, refranes, dichos, expresiones sociales, la frase de antaño, que remita a discronías o anacronismos, el lenguaje coloquial, lo culto y lo popular, Puig y Ursula K. Le Guin, los escritos sagrados con lo insurgente. Salpeter también practica en su poesía el uso del disparate. En su poesía hay un mestizaje. Todo lo somete a un estado disruptivo. Corrosivo. Y todo lo pone patas arriba. Ocurre entonces el milagro de la mirada de Azucena Salpeter a contraluz.
Azucena salva al lector. Asiste a él con piedad para que se lance a la vida sin circunspecciones. Es un modo de sentir que es un modo de vivir que se traduce en el fuego de la especie. Es un modo de arder, quemándose en sí misma sin chamuscarse. Selpeter deja un rocío, en todo caso. Ese resabio sutil pero refrescante. Han quedado sus obras. Y ha quedado el amor. Y ha quedado la poesía en su estado más noble. En su poesía de la honestidad. Ha quedado la ternura. La palabra coherente. El buen modo. Y ha quedado su verdad. En su punto culminante. De lujo y apogeo.

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