Poesía, lenguaje calcinado. Homenaje a Juan Gelman

No una, sino varias veces, me tocó aludir, ocupándome de versiones al castellano de poesía extranjera, a ese doble círculo de ansiedad en que dicha labor se inscribe y al que me vi tentado de intentar definir como la utopía traductora. Porque si, por un lado, resulta casi absolutamente imposible pretender trasladar a otra lengua un poema logrado que, para serlo, ha de estar precisamente fundido en forma inescindible (y dichosa) con la suya, hecho un solo cuerpo con ella, por el otro, resulta, también, altamente irrefrenable, casi atávica y, en muchos sentidos, sumamente fecunda la recurrente tentación de hacerlo.
En nada de ello pensaba cuando me topé, no hace demasiado tiempo, mientras me daba el gustazo de releer -con enorme felicidad, con infinito placer- el Quijote, con un inesperado, por olvidadizo, argumento de peso a mi favor. En el memorable capítulo sexto, donde se trata del meticuloso escrutinio que, de la biblioteca del protagonista, hacen dos amigos de su aldea, sin duda, un maravilloso ejemplo de la más acerada, ingeniosa y poco compasiva crítica literaria, Cervantes pone, en boca del cura, entre inquisidor y adicto, estas agudas conclusiones: “y lo mesmo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento”. Tras de lo cual, sólo me restaría agregar, no sin satisfacción y acaso en el aire de Sancho: “Quod erat demostrandum”.
Se me ocurrió que esa mención vendría a cuento al referirme a ese breve y singularísimo libro de Juan Gelman: dibaxu, escrito directamente en ladino (es decir, el mismísimo idioma, milagrosamente conservado tal cual, durante siglos, por los judíos sefardíes después de su expulsión de España) y que se acompaña, allí, con una versión del mismo autor a nuestro hablar de hoy. Si bien, la cuestión tiene mucho que ver con lo que hablábamos antes, no se trata en absoluto del caso de una traducción desde lengua extranjera al propio idioma, pero sí, de una experiencia, vuelta en este caso evidencia merced al arte de Gelman, de las ineludibles y poderosas vinculaciones que la poesía tiene, precisamente para serlo, con el lenguaje.
No es la primera vez que algo por el estilo, más bien similar que idéntico, ocurre a lo largo de la obra poética del autor de Cólera buey (1962-1968). Sin llegar al extremo de los heterónimos, es decir, el caso de poetas diferentes al mismo autor y que se presentan por separado, con firma y personalidad propias, de los cuales Pessoa y, en menor medida, también Machado podrían dar altos ejemplos, nuestro Gelman nos ha ofrecido, por el contrario, muchas veces, libros suyos como si fueran versiones de otros autores, acaso, imaginarios (Sydney West, John Wendell, Dom Pero Goncalvez, Yamanokuchi Ando), inclusive, presentados bajo el título de Traducciones, pero, sin negarles nunca, abiertamente, su propia paternidad.
Que yo sepa, hasta ese momento, y bien que todas estas vivencias anteriores hayan rondado, más o menos, cerca de los límites posibles del asunto, nunca había asumido el autor tan hondamente la creación en un idioma directamente distinto. Claro que, en esta ocasión, viajando en el tiempo, trasladándose a unos cuantos siglos atrás del propio. La ocasión, además de presentarse como poéticamente lograda, no deja de rozar -al menos para mí- múltiples y ricas dimensiones.
En primer lugar, y no es casual que ello ocurra en estos tiempos que se quisieran posmodernos, donde (erróneamente, a mi criterio) se suele adjudicar, en estos asuntos, más trascendencia al concepto que a su encarnación en un idioma vivo, dibaxu vuelve a poner el acento en el lenguaje. Y lo hace demostrando que la poesía continúa siendo, como quería el agudo Wallace Stevens, “la alegría (la dicha) del lenguaje”. En lo cual, no dejaba de coincidir, acaso sin proponérselo, acaso inconscientemente, nada menos que con Dante Alighieri, quien, no por casualidad, supo, también, aludir en su obra cumbre a la poesía como “gloria de la lengua”.
Con la modestia que lo caracteriza y desde una casi mínima introducción a estas páginas tan tocantes como indelebles, el mismo autor reivindica, con precisión no exenta de ternura, algunos de los caminos mediante los cuales puede accederse, con provecho, a textos tan misteriosamente bellos y entrañables: no sólo el “candor”, sino, también, la sensación de la poesía como “lenguaje calcinado”, vivo en la historia y desde la historia de los hombres que lo hablaron y lo hablan, pero capaz, también, de la más temblorosa intimidad. La poesía, que no es quizá otra cosa que lengua soberana y autónoma, pero, a la vez, indisolublemente, también, lengua que otros hablaron e hicieron, al hablar, con su vivir. Y que debería, hoy, también, volverse legítimamente lengua viva, individual y general, de uno y de la especie. Así sea.
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Rodolfo Alonso era poeta, traductor y ensayista argentino. Fue el más joven de la revista de vanguardia poesía buenos aires. Voz reconocida de la poesía iberoamericana. Publicó más de 30 libros. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, y primero con sus heterónimos en castellano.








