
Publicado en el marco del Ciclo de Charlas «Derecho de Autor x Autores» — SADE Filial San Juan e Instituto de Expresión Visual (FFHA – UNSJ), en conjunto con el Colegio Merceditas de San Martín (CESAP) y su Biblioteca Activa.
Cuando le pedimos a un modelo de lenguaje que redacte un soneto al estilo del Siglo de Oro o que elabore un cuento breve emulando la prosa de un autor reconocido, la pantalla responde en milisegundos con una fluidez sintáctica asombrosa. Frente a esa inmediatez, resulta tentador asumir que la máquina «crea» de la nada.
Sin embargo, detrás de esa aparente magia técnica late una realidad material ineludible: para que un algoritmo pueda predecir la palabra siguiente, primero tuvo que devorar millones de textos escritos previamente por seres humanos. La literatura es el combustible operativo de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG), y en esa ingestión masiva de datos se abre una de las discusiones jurídicas y éticas más urgentes de nuestro tiempo: ¿dónde termina el aprendizaje legítimo y dónde empieza el extractivismo cultural no remunerado ni consentido?
Los modelos masivos de lenguaje (LLMs) no razonan ni experimentan la emoción humana. Trabajan mediante cálculo probabilístico y reconocimiento de estructuras estadísticas en volúmenes monumentales de información digital. Su habilidad para simular coherencia deriva del entrenamiento. El problema reside en el origen de esa biblioteca de entrenamiento.
Grandes corporaciones recopilaron masivamente libros, poemas, ensayos, notas periodísticas y artículos académicos protegidos por propiedad intelectual, sin solicitar permiso a sus titulares, sin abonar regalías y sin consignar la autoría original. Esto ha llevado a que en tribunales de Estados Unidos y Europa proliferen demandas colectivas de escritores que señalan este procedimiento no como una mera «lectura», sino como una reproducción no autorizada a escala industrial.
Aún más, existe un sesgo sobre el material extraído, ya que gran parte de los modelos operan bajo lógicas y sesgos anglosajones. La máquina no dialoga con las expresiones comunitarias y literarias de nuestra región, o apenas lo hace con las propuestas más reconocidas, lo que se enaltece o difunde con mayor jerarquía, aquello ya nombrado; y las voces eternamente silenciadas, ahora lo son por parte de una entelequia que no es siquiera consciente de la gravedad de su accionar.
Con frecuencia, los promotores de estas tecnologías argumentan que los modelos de lenguaje simplemente hacen lo mismo que un autor novel: «leer a los clásicos para inspirarse», pero esa analogía equipara de forma equívoca la cognición humana con el procesamiento computacional. La mente humana tamiza las lecturas a través de su memoria, su contexto y su derrotero. La IAG tan solo predice qué término estadísticamente «debería» continuar al anterior.
Pero aún más, la IAG no existe como sujeto. En el derecho argentino rige un principio estrictamente antropocéntrico: sólo las personas físicas pueden ser autoras. El software es una herramienta, no un sujeto de derecho. Un texto generado por un algoritmo carece de titularidad autoral originaria y nace huérfano, siendo parte del dominio público desde su propio nacimiento.
La máquina no puede responder por difamación, inexactitudes históricas o falsificaciones, tan solo quien firma asume la responsabilidad ética y jurídica de lo que comunica. Las IAGs padecen de invenciones verosímiles o datos erróneos debido a la falta de anclaje empírico.
Es en este contexto saturado de textos infinitos generados a costo marginal cero, cobra un nuevo sentido el rol del libro físico y las instituciones que custodian la palabra escrita. Frente a la marea de textos homogéneos y clichés sintácticos del algoritmo, las bibliotecas escolares y populares se erigen como espacios indispensables de curaduría, verificación de fuentes y resguardo del pensamiento crítico.
En conclusión, la inteligencia artificial predice palabras, pero los seres humanos comunicamos sentidos. Ante el espejismo de una máquina que pretende haberlo leído todo, las bibliotecas de papel y la mirada del autor siguen siendo los verdaderos refugios donde la palabra guarda algo, aun si nos quedan muchas lecturas por recorrer.








