Espacio poético: Hermann Hesse
Gran novelista alemán, nació en Calw en 1887 y murió en Montagnola en 1962. Se destacó en la narrativa alemana en la primera mitad del siglo XX, indagó en temas de la autorrealización y la espiritualidad. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1946, en distintas ocasiones firmó sus obras bajo el seudónimo Emil Sinclair.
Hijo de una familia de misioneros pietistas, fue destinado al estudio de la teología y enviado al seminario de Maulbron. En 1894 se fugó y realizó el aprendizaje de relojero en Calw y 1895 fue aprendiz de librero en Tubinga y trabajó como tal en Basilea a partir de 1899.
Obtuvo éxito con Peter Comenzind, se instalo a orillas del lago Constanza dedicándose a la literatura y en 1911 viajó a la India, luego a Berna y finalmente a Montagnola cerca de Lugano.
Su éxito mayor fue Demian, firmado con su seudónimo Emil Sinclair y con el subtítulo “Una historia de juventud”, escrita en medio de una profunda depresión, la novela es un canto a la amistad, el arte y la vida.
Siddharta, totalmente opuesta, recoge experiencias del autor en la India, se convertiría en el libro de cabecera de los primeros “hippies” difusores del budismo y de la cultura oriental en Occidente.
El lobo estepario, otro de los títulos célebres de Hesse, inicia su etapa de madurez. Luego, publicó Narciso y Goldmundo, situada en el Renacimiento, y con El juego de abalorios cierran la trilogía de la culminación de la obra de Hesse.
Luego, siguieron colecciones de cuentos, relatos y meditaciones. En 1951, la antología literaria y, en 1952, apareció la edición completa de sus obras en seis tomos.
Les acerco para su lectura uno de los éxitos de Hermann Hesse.
Lobo estepario
Yo, lobo estepario, troto y troto,
la nieve cubre el mundo,
el cuervo aletea desde el abedul,
pero nunca una liebre, nunca un ciervo.
¡Amo tanto a los ciervos!
¡Ah, si encontrase alguno!
Lo apresaría entre mis dientes y mis patas,
eso es lo más hermoso que imagino.
Para los afectivos tendría buen corazón,
devoraría hasta el fondo de sus tiernos perniles,
bebería hasta hartarme de su sangre rojiza,
y luego aullaría toda la noche, solitario.
Hasta con una liebre me conformaría.
El sabor de su cálida carne es tan dulce de noche.
¿Acaso todo, todo lo que pueda alegrar
una pizca la vida está lejos de mí?
El pelo de mi cola tiene ya un color gris,
apenas puedo ver con cierta claridad,
y hace años que murió mi compañera.
Ahora troto y sueño con ciervos,
troto y sueño con liebres,
oigo soplar el viento en noches invernales,
calmo con nieve mi garganta ardiente,
llevo al diablo hasta mi pobre alma.
