Cultura y cosmovisión de la Argentina: un fruto del mestizaje

Texto de la conferencia pronunciada por el secretario general de la SADE Nacional y presidente de la Filial La Plata, Prof. Guillermo Eduardo Pilía, en el First Word Congress for the Comparative Study of Civilizations en la Universidad Cantemir, Bucarest, Rumania, el 3 de julio de 2023.
Distinguidas autoridades del Congreso Mundial de Estudio Comparativo de Civilizaciones; autoridades de la Universidad Cristiana Dimitrie Cantemir, de la Sociedad Internacional para el Estudio Comparativo de Civilizaciones y de la Asociación Asiática de Política e Historia; apreciados colegas de todo el mundo:
El conocimiento de la historia, tanto la de mi país como la universal, me han dejado una enseñanza tal vez muy básica. Esta consiste en lo siguiente: aquellos pueblos que eligieron mantenerse cerrados y practicar cierta pureza racial o cultural, terminaron empobreciéndose. Mientras que aquellos otros que se mantuvieron abiertos a las oleadas inmigratorias y a la diversidad han formado culturas más ricas. Ya sé que en términos antropológicos hablar de pobreza o riqueza cultural no es lo correcto. Mi intención no es juzgar la cultura de otros pueblos, sino tratar de explicar la del mío. Y mi país, la Argentina, es tanto en su constitución como en su cultura un país por sobre todas las cosas mestizo.
La base de ese mestizaje hay que buscarla en la propia idiosincrasia del conquistador español. Mientras otras naciones colonialistas llevaron a los territorios conquistados la idea de pureza racial, cosa que vimos prolongarse en algunos países hasta el siglo XX, el español tuvo menos escrúpulos en mezclar su sangre con la de los pueblos originarios. En Asunción del Paraguay era frecuente que cada español tuviera varias mujeres guaraníes, y los hermanos de esas mujeres gozaban de ciertos privilegios por ser cuñados de los conquistadores. Tanto es así que cuando Juan de Garay partió en la expedición que lo llevaría a fundar por segunda vez Buenos Aires, en 1580, traía consigo a algunos españoles, pero también muchos mestizos y guaraníes. De manera que podría decirse que Buenos Aires, Santísima Trinidad de Buenos Aires, nació como una ciudad mestiza. Más tarde se le sumó el componente africano. En cierta ocasión le pregunté a un amigo historiador cómo era la ciudad de Buenos Aires en tiempos de la colonia; y me contó que, por lo que recogen los testimonios de los viajeros, era muy parecida a los puertos de Andalucía y saltaba a la vista la mezcla de etnias. Esto también se dio, en mayor o menor grado, en las demás provincias, aunque el desarrollo cultural fue diferente. Ya voy a explicar por qué.

Buenos Aires no era, allá por el siglo XVIII, ni la única ni la más prestigiosa ciudad de lo que hoy es la Argentina. Santiago del Estero era más antigua, Córdoba tenía mejores edificios y una vida cultural de mayor desarrollo, incluso contaba con una universidad. Las ciudades del interior estaban más cercanas, por historia y cultura, con la Lima virreinal, mientras que Buenos Aires miraba hacia Europa a través de su puerto. Como toda ciudad portuaria, Buenos Aires recibía gente de todas las latitudes. En un momento en que se intentó expulsar a los extranjeros, los mismos vecinos españoles se negaron, porque eran tantos y de tan útiles servicios que la ciudad hubiera dejado de funcionar. Si bien las leyes españolas prohibían la entrada a sus territorios de ultramar de personas que no fueran bautizadas en la fe católica, en Buenos Aires abundaban los judíos disfrazados de portugueses, los anglicanos y los protestantes. A la hora de comerciar, y un puerto vive necesariamente del comercio, no importaba mucho el origen ni la religión. También los indios del sur llegaban a las puertas de Buenos Aires a negociar pacíficamente sus productos.
Este carácter portuario y abierto de la ciudad fue consolidando con los siglos una forma de ver el mundo. Las comidas, los juegos, las celebraciones, la música y hasta la forma de hablar revelaban ya en esos siglos que Buenos Aires era una ciudad mestiza y cosmopolita. En Buenos Aires se escuchaba algún clavicordio, pero en los arrabales sonaba la guitarra española con aires americanos y en algunos barrios del sur, como San Telmo, los tambores de las muchas naciones africanas que constituían gran parte de la mano de obra de la ciudad. España estaba muy lejos y sus funcionarios, que languidecían en ese fin del mundo, no cumplían a rajatabla lo que mandaba la metrópoli. El contrabando estaba a la orden del día. Entre los productos del contrabando también entraban los libros prohibidos. Si bien la emancipación del 25 de mayo de 1810 se hizo en nombre de Fernando VII, próceres como Moreno, Belgrano o Castelli leían a Rousseau, y la política de extender la revolución a sangre y fuego se parecía demasiado a los métodos de la Revolución Francesa. Con el tiempo, hubo quienes llegaron a pensar que en las nuevas repúblicas del Plata se debía desterrar el español y comenzar a hablar en francés.

No todo el territorio argentino bailaba al mismo son que Buenos Aires. El interior del país, por su carácter mediterráneo, por carecer de un puerto que mirara hacia Europa, siempre fue de carácter más conservador, de mantener las tradiciones españolas, de cultivar las devociones religiosas. Si tenemos en cuenta que el mayor desarrollo del país vino en la segunda mitad del siglo XIX y de la mano de una generación identificada con la masonería, no debería extrañarnos que Buenos Aires tenga una idea tan laxa de la religión, tan distinta a la de otras capitales hispanoamericanas. Esa generación progresista impuso algunas medidas en su momento revolucionarias, como la ley de enseñanza pública, gratuita y laica o la ley de matrimonio civil. A esa generación le debemos también la fundación de la que es mi ciudad, La Plata, una ciudad en la que se conjugan todos los estilos arquitectónicos europeos, con un trazado higienista, y que por su universidad y su vida cultural fue llamada «la Salamanca de América» y «la Atenas del Plata».
El último componente al que me quiero referir es al de la inmigración europea que llegó entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX. Pensadores como Sarmiento y Alberdi habían observado que la Argentina era un país escasamente poblado, salvo en Buenos Aires y algunas ciudades del interior. La consigna era «gobernar es poblar». Y decidieron abrir las puertas del país a la inmigración europea, pensando que eso reportaría además un beneficio cultural para un país, uno de los pocos de América que siempre tuvo vocación de parecerse a Europa. La inmigración llegó, pero no de la calidad que se pretendía. Eran mayoritariamente españoles e italianos del sur, sin demasiada cultura, y que venían huyendo del hambre. Muchos de ellos no fueron a trabajar al interior del país, sino que se quedaron en el puerto, ampliando aún más la brecha de población entre Buenos Aires y las provincias. No obstante, la influencia cultural de la inmigración fue enorme y en todas partes.

Dicen que los países económicamente ricos, y la Argentina lo es, pese a las malas administraciones, tienen una gastronomía pobre. No es nuestro caso. Si bien el asado, la comida tradicional del indio y del gaucho, sigue siendo nuestro manjar predilecto, tenemos una enorme cantidad de platos, reelaborados a partir de recetas españolas, italianas y de otros pueblos. La música folclórica argentina es también muy variada, con algún componente español, pero mezclada a la melancolía de los pueblos sometidos o a la exaltación festiva de otros. Y tenemos el tango, cuyo origen es muy difícil de explicar pero que tan bien se entiende con la nostalgia del inmigrante, y que a veces alterna con otros ritmos hermanados, como la milonga, más de origen campesino; el candombre, decididamente africano; el vals criollo o la polka.
La poesía argentina también posee algo en particular. Hay una poesía de la naturaleza, de las grandes montañas, de los bosques y lagos en los que es rico mi país. Pero gran parte de la Argentina es horizontal y monótona y por eso carece de la exuberancia verbal de la poesía de otros pueblos hermanos. Poesía de las grandes ciudades, de la soledad en medio de las multitudes, poesía volcada en gran parte al pensamiento. Borges, Girri, Olga Orozco, Gelman lo pueden atestiguar. Las artes plásticas tuvieron decidida influencia de las vanguardias europeas, más allá de algunas notas pintoresquistas. Y también está el fenómeno del rock nacional, una música propia de los países anglosajones que en la Argentina tuvo su propio desarrollo y que la hace única.
He tratado de esbozar algunas características de la cultura argentina sobre la base del carácter abierto y cosmopolita de nuestro pueblo. Podría decir que el argentino, a través de siglos de historia, ha sabido apropiarse de las producciones culturales de otros pueblos y las ha desarrollado eficazmente. Del mismo modo se puede decir que la cultura argentina es pregnante, que llama la atención y se impone fácilmente por propio peso, sin violencia. Eso puede verse en la forma en que penetró el tango en Europa y en países inverosímiles como Japón, o la argentinización de Bangladesh a partir del furor provocado por la selección de fútbol en el último mundial. Tal vez este último ejemplo pueda resultar impertinente, pero yo considero, como tantos, que el fútbol es una parte importante de nuestra cultura.

La formación de la cultura argentina tiene un camino de retorno; es decir, el pueblo ha producido esa cultura heterogénea, abierta, cosmopolita, y también se ha visto influido en su idiosincrasia por ella. El argentino aprecia la igualdad. Fuimos uno de los primeros países en contar con una ley de voto femenino y una legislación laboral que pocos pueblos poseen. Estamos acostumbrados a la convivencia entre credos y razas, pues tenemos la mayor comunidad judía de América después de Estados Unidos. No rehusamos el contacto con el otro: en la ceremonia del mate, que fuera de Sudamérica se considera antihigiénica, no nos importa sorber de una misma bombilla; y los varones acostumbramos a saludarnos con un beso en la mejilla y no con un apretón de manos o una fría inclinación. La tolerancia a las diversidades sexuales tiene larga data, cuando en otros países estaba estigmatizada, y desembocó en una ley de matrimonio igualitario. Quién sabe cuántas de estas cosas no vienen de aquellos nuestros antepasados, que tuvieron que vivir y convivir en esta tierra del «fin del mundo», como dijo nuestro Papa Francisco. No sé si cuanto he expuesto, apelando solamente a mis recuerdos y vivencias, servirá para explicar a un Papa Francisco, a un Maradona, a un Favaloro, a un Borges, a un Gardel. Desde otras latitudes, se nos ve a los argentinos como ególatras y altaneros. Pero parafraseando a Borges, querría decirles que los argentinos no somos ni buenos ni malos, que tal vez nuestro pecado está en ser incorregibles.








