Alrededor de Ladislao Pilet se entrecruzan las pinceladas de estos cuadros costumbristas de la ciudad de Haedo. Corre el año 1983. El niño de 4 años llora al entrar por primera vez a la Salita Verde del jardín Barquitolindo y esta experiencia marcará el punto de partida que lleva a recorrer los años de una niñez apacible, matizada por juegos y picardía, hasta una juventud que busca su lugar en un mundo y un tiempo inciertos. La obra ya nos presentó lo ocurrido medio siglo atrás: un joven español de 14 años deja su pueblo natal y viaja a Buenos Aires; las penurias y fortuna coronarán sucesivamente los riesgos, el cambio, el trabajo, el casamiento, el hijo. En 1933 la familia se instala en Haedo y será el comienzo de la epopeya haedense. La misma casa acoge a las distintas generaciones hasta la llegada del pequeño Ladislao, que correrá, llorará y jugará en el centenario solar familiar.
Fiel al estilo posmoderno la obra de Javier Soverna no permite ser encasillada en la novela clásica donde la narrativa acompaña a un protagonista desde el inicio de la historia hasta su desenlace. Tampoco, o quizás debamos decir también, Políptico de Haedo sea una serie de relatos encadenados que giran en torno a un protagonista central: Haedo.
La ciudad tranquila del oeste bonaerense, la que lentamente cambió, mostrará su devenir cotidiano a través de personajes que transitan su infancia, adolescencia y juventud pisando sus calles, abriendo y cerrando las puertas de sus casas, atisbando cómo la ciudad gana o pierde identidad según sea la mirada más o menos esperanzadora o resignada puesta en ella. Una constante evocación de la feliz infancia dejada atrás, representada en innumerable mención a juguetes y juegos favoritos y tradicionales de un niño de los ochenta (muñecos He-man, el futbol con tapita de Voligoma, el futbol cangrejo, algún programa de televisión), es símbolo de esta ciudad que se vivió dichosa. La obra confluye en el grupo de amigos, jóvenes ya, devenidos pintores, escritores, músicos, estudiantes de cine… Interesante elección de oficios y profesiones que intentan prolongar la juventud despreocupada y hermosa en una ciudad por momentos letárgica.
La hibridación de géneros permite que encontremos en las páginas del libro un diario personal, algunos poemas, el registro de una agenda personal, incluso un Intermezzo al mejor estilo pausa cinematográfica que ofrece un interludio de fábula o ensayo alegórico. A éste se suma, al final de la obra, otro rasgo característico de la obra posmoderna: la metaficción, en este caso un análisis autoconsciente y pormenorizado del propio autor en el que irá desmenuzando capítulo a capítulo el cómo y el porqué de su proceso creativo.
Los cambios de protagonista y de voz narradora son otras técnicas literarias que hacen de ésta una obra rica en matices, entretenida y desafiante en su lectura. Las intertextualidades son muchas y variadas; quizás la más destacable sea la travesía por el infierno, donde Pilet es guiado por Bernardo Levrey, escritor de Memorias de la ciudad de Haedo que Soverna alude en numerosas ocasiones. El viaje a los círculos del averno no solo presenta una interliterariedad dantesca, sino que permite al autor abocarse, en tono paródico, a la crítica y reflexión sobre lo peor que un haedense puede encontrar en la historia de su ciudad natal.
En Políptico de Haedo esta ciudad queda representada en su devenir político, en sus costumbres sociales y sus lecturas inolvidables. Calles, edificios y negocios constituyen el escenario; los vecinos son los de siempre, con sus nombres y apellidos; la estación, la misma por donde cruzan los trenes entre Haedo y la estación de Once en Buenos Aires. El calor del verano, las tormentas terribles, la invasión de mosquitos se sienten en la piel tal como fueron sentidas por los verdaderos protagonistas del suceso.
La literatura que rescata la localidad y la regionalidad constituye una interesante medida para reconocer el paso de los pueblos a través de la Historia. No solo documenta la realidad social y cultural sino que puede, con humor, sátira o nostalgia, criticar o exaltar esos modos de vida. En Argentina es bastante común esta literatura que rescata el costumbrismo rural con sus detalladas descripciones de la vida, escenas cotidianas y paisajes del campo argentino. Menos común es abordar desde este subgénero el costumbrismo local de una pequeña localidad urbana. De ahí la importancia de esta novela en la que Javier Soverna entreteje elementos de la realidad y la ficción para darnos a conocer auténticas estampas sociales y políticas, con su color y sabor local, con sus características únicas y distintivas.
En resumen, la obra va más allá de la mera ambientación. Quien haya vivido en Haedo verá latir en esta obra su presencia real y afectiva. Las referencias a costumbres, momentos históricos y culturales de Haedo, personajes y sitios llevan al lector en un viaje de remembranzas. Sin embargo, la pluma de Javier Soverna logra mantenernos continuamente en la recreación grata, por momentos irónica, apenas nostálgica. Políptico de Haedo captura el alma de la bella Haedo, una comunidad con su propia dinámica, que se aferra a su identidad a pesar de la cercanía con la metrópolis, que ve los cambios y atisba, desde el umbral de sus casas solariegas, un mundo nuevo que se va constituyendo.

María de la Paz Perez Calvo
Licenciada en Psicología y escritora. Vicedirectora del Departamento en Literatura Infantil y Juvenil del ILCH. Profesora Adjunta en la Diplomatura en Literatura Infantil y Juvenil de la SADE. Publicaciones: Saga Martín el Guardián, La larga calle del barrio (novela); ¡Socorro, mamámomia! (novela)









